×

El vínculo patológico (1ª parte)

- 00:29 Para vivir mejor

En él se centra la atención especialmente en cómo fue la relación entre la madre y los hijos/as durante la infancia y cómo de ello depende en gran parte el comportamiento de los jóvenes y de los adolescentes y del hombre maduro en el futuro. Toda la vida de un individuo puede estar marcada por la forma en que se llevó a efecto esta relación. Dada la importancia del tema y su influencia en el posible futuro matrimonio de los hijos/as. Personalmente en el terreno de la orientación familiar esta problemática la considero especialmente importante y puesto que participó en ocasiones, como disertante, en la formación de las nuevas parejas, en este caso una nota anterior que escribí con el nombre de “Diálogo en el matrimonio” quiero hacer esta aportación que ayude a clarificar la futura vida matrimonial. Somos mamíferos sociales y, como tales, la figura más determinante en la génesis de nuestro psiquismo es, y sólo puede ser, la madre. Naturalmente, hay posteriormente en nuestra biografía muchas otras influencias -el padre, otros parientes, la escuela, la sociedad, la salud, el trabajo, la pareja, etc.-. Pero las capas más hondas de nuestra personalidad, nuestra actitud ante la vida, el modo de afrontar nuestros éxitos y fracasos, etc., dependen absolutamente del tipo de relación que, en su día, nuestra madre estableció con nosotros, y viceversa. Este vínculo madre-hijo/a no sólo debe ser sano, sino también transitorio.

Así como hay un destete físico de la madre, debe haber también, más tarde, un «destete psíquico» de su abrumadora influencia. Hacia la pubertad, este destete debería quedar completado. La madre no sólo debe permitirlo, sino estimularlo activamente, pese a todas las posibles resistencias del hijo/a.

Sólo así se logrará la salud emocional de toda la familia. Ahora bien, hay madres neuróticas que no permiten crecer e independizarse emocionalmente a sus hijos, sino que cultivan una dependencia malsana y artificial porque son ellas las que necesitan y dependen psicológicamente de ellos. Entre estas madres, las más nocivas son las que, padeciendo severos trastornos emocionales -a veces bordeando la psicosis- maltratan psicológicamente a sus hijos con todas las variantes del dominio, la sobreprotección, la posesión, la invasión, la crítica, el desdén, la contradicción, la agresión, la anulación, la manipulación, la traición, la castración, etc. Esto las convierte en verdaderas parásitas de sus hijos y, como esas lianas gigantes de la selva que estrangulan a los árboles, los paralizan, debilitan y pueden acabar destruyéndolos a futuro, como por ejemplo, cuando deben elegir una mujer para armar su familia nuclear y construir la felicidad de una nueva familia, pero lamentablemente en hijos criados de esta forma solo consiguen mujeres que les “sirven” de compañía, necesidad para sus intereses, para aparentar su condición social, etc.

Terminan siendo rehenes de una crianza perversa y malsana y en su futuro se ven las consecuencias. Los hijos, por eso mismo, son extremadamente dependientes e incapaces de alejarse de este tipo de madres, a las que odian tanto como se culpabilizan por ello, y transforman su inmenso dolor en complejos síntomas neuróticos (ansiedades, fobias, depresiones, autoagresiones, delirios, etc.).

Éste es, en suma, el vínculo patológico.

Una horrible y perfecta simbiosis madre-hijo/a, a menudo confundida por la sociedad con un «celoso amor de madre » que, según muchos autores, puede incluso generar trastornos psicóticos en los niños/as. Mi experiencia profesional enseña, en efecto, que muchos pacientes extremadamente débiles, neuróticos e incapaces de vivir han sostenido, o aún sostienen, este tipo de simbiosis patológica con una madre inadecuada.

Por ejemplo, puede ser que aún convivan con ella, o que, independizados o aun casados, mantengan con ella una relación diaria o casi diaria; como visitas personales, comunicaciones por teléfono o por redes sociales, priorizan las invitaciones a diversos acontecimientos sociales a su madre como primera figura quedando relegada la figura de su pareja, etc., de modo que el inconsciente cordón umbilical se robustece continuamente.

Cada nuevo contacto con la madre es un nuevo reabrir y multiplicar las viejas heridas (sumisión, humillación, anulación, manipulación, culpa, odio, etc.); una renovada pérdida de energía.

La víctima, movida por el miedo, la culpa y la dependencia, ofrece cada día mansamente su cuello al vampiro para ser sangrada una vez más. Y, si intenta rebelarse, la madre recurrirá a todo su arsenal neurótico para seguir conservando su dominio: bronca, lágrimas, chantaje emocional, amenazas, pseudo enfermedad, victimización en relación a su pareja por hacerle creer que hay más interés de ayuda a su esposa que a su propia madre, situaciones tremendamente patológicas… Incluso intentará controlar al terapeuta de su desgraciado hijo/a!...Y esto me ha pasado en muchas ocasiones…

El padre, en estos casos, suele asumir dos papeles básicos: o bien es una figura anodina, ciega o pasiva a los abusos de la madre, en realidad, él mismo es otra de sus víctimas; o bien es cómplice de ella formando una asociación destructiva.

En este segundo caso, los trastornos del hijo/a serán, obviamente, mayores, pues él/ella no podrá hallar refugio en ninguno de los dos progenitores. El auxilio procedente, a veces, de alguno de los hermanos u otros parientes no suele ser suficiente. El vínculo patológico parece, en fin, una tiranía sadomasoquista ejercida por un verdugo sobre una víctima.

Pero no debemos dejarnos engañar.

Contemplados en un segundo nivel, los términos «víctima» y «verdugo» sólo son metáforas útiles muy relativas pues, en realidad, la víctima extrae ciertos beneficios inconscientes de su estado, lo que contribuye a perpetuarlo, y el verdugo ignora que lo es y es víctima a su vez de otras personas, etc. De manera que, muy en el fondo, la simbiosis maligna es un negocio a dos bandas, un «pacto secreto » entre dos seres igualmente inmaduros, o quizá entre dos pícaros que se potencializan con el trato recibido; siendo que la madre satisface sus necesidades de control y amor único del hijo y por parte del hijo obtiene una forma victimizante de hacer notar la irresponsabilidad y la falta de compromiso haciendo ver el control de su madre del cual se siente encarcelado; situaciones “de acuerdo” que beneficia a la patología vincular madrehijo/a. Por eso, aun cuando la vida trunca a menudo este tipo de relaciones (por separación forzosa, enfermedad, vejez o muerte de la madre, etc.), es muy común que la «víctima» busque entonces una sustituta, generalmente una pareja, con quien repetir la simbiosis sadomasoquista.

Ésta es la base psicodinámica de muchas relaciones conflictivas y de lo que denomino “el vínculo patológico”. ¿Cómo se supera el vínculo patológico? Por parte de la pseudovíctima (madre), naturalmente, percatándose de su contradictoria situación y eligiendo alguna alternativa capaz de darle fuerza, autoestima y libertad (p.ej., trabajo, amistades, actividades, psicoterapia, traslado de residencia, etc.). Logrado el «destete psíquico », el crecimiento emocional del sujeto podrá reanudarse. Y, por parte de los padres y de la sociedad, el vínculo patológico puede resolverse o, mejor aún, prevenirse, tomando conciencia de la extremada sutilidad, complejidad y naturaleza fundamentalmente inconsciente de los vínculos madre-hijo/a, así como de la inexcusable necesidad de unos padres emocionalmente sanos para criar unos hijos igualmente saludables.

Por el Lic. Mariano Vega Botter

Neuropsicólogo


Más noticias de hoy