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El evangelio del domingo

Lucas 16, 1-13

- 23:19 El Evangelio

La parábola narra la situación del administrador de un hombre rico que fue acusado ante su patrón de mal administrar sus bienes. Como éste decide desemplearlo, el administrador llama a los deudores del patrón y falsifica las deudas en provecho de los deudores: al que debía cien medidas de aceite le imputó cincuenta y al que debía cien cargas de trigo le hizo poner en el recibo ochenta. El patrón alabó al administrador por la astucia con que obró.

¿Qué quiere enseñarnos Jesús con esta parábola? ¿Puede poner como ejemplo a alguien que estafa a los demás? No. Era práctica habitual en el antiguo medio oriente, que el administrador hiciera préstamos de las propiedades de sus patrones, por la que recibía una “comisión” en concepto de intereses. Es esta comisión, que le corresponde, la que el administrador descuenta a los deudores de su patrón. Por lo tanto, no se trata de una nueva estafa, sino que renuncia a lo que le corresponde para ganarse la amistad de esas personas. Es esta actitud la que alaba el patrón (Jesús): frente a las exigencias del Reino hay que actuar calculando los riesgos y aun renunciando, si es preciso, a las posesiones materiales.

Inmediatamente después de la parábola, Lucas coloca tres máximas sapienciales de Jesús que tienen por finalidad adoctrinar a los discípulos respecto de la actitud que deben tener frente a los bienes materiales. La primera enseña a los discípulos a obrar con sagacidad (como los hijos de este mundo), pero frente a las exigencias del Reino, porque allí se juega el sentido de su vida y su destino. La segunda exhorta a la “fidelidad”, el que es fiel en lo insignificante también lo será en lo importante. Se trata de ser fiel cada día, de administrar correctamente los bienes, en especial aquellos que se derivan de la llegada del Reino de Jesús. Por último, la tercera máxima exige una radicalidad absoluta: o Dios o el dinero, no hay alternativa. Si los discípulos proyectan su vida en una búsqueda desenfrenada de dinero y se hacen esclavos de sus bienes no podrán servir a Dios y su Reino.

Conclusión

El papa Francisco al comienzo de su pontificado nos dijo “como quisiera una Iglesia pobre y para los pobres”. Una Iglesia pobre que centre su vida en el seguimiento de Jesús, liberada de todas las ataduras del poder mundano, que ponga todos sus bienes al servicio de los pobres y que integre a los últimos de la sociedad, a los que el mundo excluye. Una Iglesia que sea signo del compartir la vida y los bienes, que la fraternidad se difunda entre sus miembros como un estilo de vida que sea un ejemplo para el mundo. Que los que no creen en Dios sean invitados a creer por el testimonio de solidaridad y entrega desinteresada de sus miembros. Una Iglesia como soñó Jesús y que nosotros nos encargamos de desfigurar.

Mama Antula renunció a su linaje cambiándose el nombre, renunció a sus posesiones y se puso al servicio de la causa de Dios. Pobre, ridiculizada, a veces maltratada, pero llena del fuego sagrado de Dios que hace brillar su luz en aquellos que elige para una misión importante. Considerada poca cosa para el mundo, pero señalada con el “dedo de Dios”, para manifestar su gloria. Ejemplo de discípulo para el hoy de nuestra historia y para los siglos venideros.


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