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Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 18, 1-4

- 23:31 El Evangelio

En aquel momento, se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:

- ¿Quién es el más importante en el reino de los cielos?

Él llamó a un niño, lo puso en medio y dijo:

- Os aseguro que, si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el reino de los cielos.

Reflexión

Los discípulos siempre tan preocupados por quién es el más importante, quien tiene más poder, quién es más de cualquier modo. A veces al leer algunos pasajes evangélicos, nos puede dar que pensar que era lo que les importaba realmente al seguir a Jesús; ¿el reino de cielos por Jesús predicado e inaugurado, o el ansia de poder?

Nos puede chocar está actitud pero no extrañar, ya que es el poder, la fama, el ser importante, lo que junto con el dinero ha movido y mueve el corazón del hombre. Debemos de estar continuamente mirando en profundidad las motivaciones que nos llevan a hacer esto o aquello, ya que es tremendamente fácil y tremendamente sutil caer en querer ser dioses de forma velada, pero real.

Jesús pone de ejemplo a un niño, y nos pone en guardia ante el deseo de ser importante o más que otros. El evangelio de hoy también pone el acento en un tema que nuestro Santo Padre Francisco acude una y otra vez, y es el de despreciar, o en el lenguaje del Papa, “el descarte”. Dice el texto “cuidado con despreciar...”.

Despreciar, excluir, no tomar en cuenta, ignorar; son actitudes muy poco evangélicas, y que por lo tanto, deben de estar lejos del corazón del creyente y del seguidor de Cristo.

Debemos de estar atentos a los sentimientos y actitudes que se hacen hueco en nosotros, debemos de evangelizar nuestros sentidos, los latidos de nuestro corazón, para que vayan conformándose con el pasar de la vida a los latidos y a los sentimientos del Cristo-

Jesús. El hombre-Dios que vino a salvar a todos los hombres, el que nos enseñó con palabras y obras que todos los hombres caben en el corazón del Padre Dios.

Que el ser como niños para nosotros entrañe el deseo de confiar en Dios y de acoger sin mirar al extraño (el domingo pasado se celebrado en España la jornada por el migrante) ya que nosotros mismos somos extranjeros en este mundo y nuestro corazón tan solo encontrará consuelo y nuestras vidas sentido si hacemos más humana la humanidad, más divinas nuestras vidas, o lo que es lo mismo; más de Dios nuestro corazón, a ejemplo y con la intercesión de Santa Teresita del Niño Jesús.

El niño es aquel que depende en todo des loas demás porque no puede valerse por si mismo. Así somos nosotros, aunque pretendamos sacar pecho y pensemos que dominamos la situación, que mandamos sobre nuestra vida.

La vida, poco a poco, nos va enseñando que en realidad no es así. Dependemos de tatas cosas que no controlamos, que no dependen de nuestra voluntad o de nuestras fortaleza. Sin embargo esta constatación no es para hundirnos, sino para confiar más en aquel que nos acoge incondicionalmente.


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