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Lectura del Santo Evangelio según San Lucas (10,1-12)

- 22:34 El Evangelio

En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él.

Y les decía: “La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os mando como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino. Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”.

Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa. Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: “Está cerca de vosotros el reino de Dios”.

Cuando entréis en un pueblo y no os reciban, salid a la plaza y decid: “Hasta el polvo de vuestro pueblo, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros. De todos modos, sabed que está cerca el reino de Dios”.

Os digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para ese pueblo”.

Comentario

“¡En marcha!”. Así traduce la Biblia que tengo delante las palabras con que Jesús incita a los suyos para que se dispersen en misión.

Las palabras de Jesús discurren entre las dificultades (“Como corderos en medio de lobos”) y la esperanza (“El Reino de Dios está llegando”).

El estilo misionero de Jesús tiene sus luces, que nada tienen que ver con las fuerzas mundanas. Primero, la pobreza: “No llevéis bolsa ni alforjas”. Luego viene el compartir: unos llevan el mensaje, otros ofrecen morada y pan.

Y el mensaje es la paz; la paz que evoca todos los bienes, desde la bondad de Dios hasta la justicia entre los hombres.

No podía faltar lo que Jesús hizo toda su vida: curar, sanar, consolar.

Al enviado siempre le persigue el riesgo del rechazo a su persona y a su mensaje. Qué le vamos a hacer. Somos enviados por él.

Él sabrá, y en sus manos nos ponemos. Y nos quedamos pacificados.

Este es nuestro destino. Jesús nos llama, el Espíritu nos unge y el Padre nos quiere. Somos misioneros. El Señor quiere hacer a través de nosotros.

Entonces tenía a los setenta y dos discípulos; a lo largo de la historia y hoy tiene a muchos que quieren responder a su llamada.

El Reino ya está entre nosotros. Nosotros no lo hacemos, lo anunciamos y trabajamos en su construcción.

Esta seguridad de la presencia del Reino nos colma de esperanza y de entusiasmo, a pesar de tantas señales del antirreino.

Y nos gozamos en nuestro anuncio: “Decid primero Paz a esta casa”.

En un mundo de rencores, de violencia, de desamor, los cristianos ponemos paz, reconciliación, perdón. Nada menos


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