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Lectura del santo evangelio según san Lucas (10,25-37)

- 23:38 El Evangelio

En aquel tiempo, se presentó un maestro de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”

Él le dijo: “¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?”

Él contestó: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo”.

Él le dijo: “Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida”.

Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?”.

Jesús dijo: “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta”. ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?”

Él contestó: “El que practicó la misericordia con él”.

Díjole Jesús: “Anda, haz tú lo mismo”.

Comentario

No eran buenas las intenciones de aquel Maestro de la Ley que se acercó a Jesús para plantearle su pregunta.

Pero no por eso deja de ser una pregunta fundamental para hacernos, mejor: hacerle al Señor con cierta frecuencia en nuestra vida. Quizá hoy casi nadie la formularía como aquel jurista: “¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”.

Parece que hoy para muchos lo de la vida eterna no es una gran preocupación; bastante tienen con ocuparse del “cada día”.

Pero formulada quizás de otra manera... sí que sea una pregunta muy presente en el corazón de muchos, aún más cuando esta fuerte crisis está haciendo tambalear muchas de las seguridades que antes nos sostenían.

Tal vez así: “¿cómo saber si mi vida merece la pena?”, o bien “¿qué me hace falta para sentirme satisfecho con lo que estoy haciendo con mi vida?”.

Es muy probable que nuestra vida esté llena de ocupaciones, obligaciones, compromisos, actividades, personas...

Tanto, que no pocas veces nos vemos desbordados, o acelerados, o... con la sensación de que no vivimos nosotros nuestra propia vida. Y sin tiempo para “sentirnos” por dentro, para hacernos preguntas importantes.

Es a veces la propia vida la que nos obliga, con sus “descoloques”: perder el trabajo, la salud, un fracaso amoroso, la quiebra de la amistad, un traslado...

En todo caso, la pregunta es importante. Y más aún hacérnosla sinceramente delante del Señor (hacérsela a él): Seguramente seamos personas correctas, buenas gente, que llevemos un vida honrada, que vivamos con cierta exigencia nuestra fe... Pero el Señor, seguramente, espere de nosotros “un poco más”. Ese poco más tiene que ver con la segunda pregunta del maestro de la Ley: ¿quién es mi prójimo? ¿qué tengo que hacer con mi prójimo?


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