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Lectura del santo evangelio según san Lucas 11,1-4

- 01:04 El Evangelio

Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos”.

Él les dijo: “Cuando oréis decid: ‘Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación’”.

Reflexión

El Evangelio de este día lo situamos en el contexto del viaje a Jerusalén. En él, Jesús va instruyendo a sus discípulos sobre qué significa seguirle y cuáles son los elementos imprescindibles para ello; Uno de los aspectos fundamentales para vivir el discipulado es la oración.

Pero ¿Cómo entrar en relación con Dios? ¿Cuál es la manera de dirigirnos a Él? ¿En qué consiste la oración?

Por esos, los discípulos le piden a Jesús que les enseñe a orar; Él que se retiraba habitualmente a lugares apartados para hablar con Dios, especialmente en los momentos de tomar decisiones importantes, que vivía una relación de especial intimidad con Él.

Una sola invocación va a recoger el núcleo de esta oración de Jesús: “Padre”. Recordamos que una de las pocas palabras de Jesús conservadas en su lengua original, el arameo, por las primeras comunidades cristianas es “Abbá,” papaíto, que era la expresión utilizada por Jesús para llamar a Dios;una fórmula del lenguaje familiar, empleada sólo por los niños.

Para poder descubrir la peculiaridad de la oración cristiana, su esencia, es necesario pasar por el corazón lo que significa esta expresión que repetimos a menudo mecánicamente en cada “Padre nuestro” que recitamos; darnos cuenta de que Jesús llamaba así a Dios, dejando traslucir una relación filial de intimidad, de confianza radical, de comunión.

Jesús nos invita a entrar en esta relación filial acogiendo el amor de Dios que nos crea y nos hace hijos e hijas y, gracias a ese amor, vivir la confianza que nos permite desplegar nuestras alas; a reconocer su santidad revelada a través de la creación porque toda ella es reflejo de su gloria y a entrar en la comunión trinitaria que nos hermana y pone en nuestro corazón el anhelo del Reino.

Pero para poder vivir en este dinamismo de hijas e hijos, orientados hacia la plenitud del Reino que Dios sueña para esta humanidad, necesitamos que Dios nos alimente, pidiendo humildemente únicamente lo de cada día; necesitamos también acoger su perdón, porque sólo desde él podremos ser capaces de vivir de una manera reconciliada la vida, con nosotros mismos y con los demás.

Necesitamos, por último que Dios se haga fuerte en nuestra debilidad humana y nos sostenga.

Todo en las lecturas de este día se convierte en un himno a la bondad y misericordia de Dios.

Una misericordia que nos cuesta entender y asumir existencialmente como le ocurrió a Jonás. Sobre todo cuando nos encontramos ante situaciones en que el mal muestra su rostro más duro, más violento, más injusto dejando víctimas inocentes y mucho sufrimiento.

Nínive, que fue capital de Asiria a partir del rey Senaquerib, es para el pueblo de Israel la imagen de la tiranía y la crueldad que ha ejercido sobre ellos el imperio asirio.


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