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Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 11,42-46

- 00:19 El Evangelio

En aquel tiempo, dijo el Señor: “¡Ay de vosotros, fariseos, que pagáis el diezmo de la hierbabuena, de la ruda y de toda clase de legumbres, mientras pasáis por alto el derecho y el amor de Dios! Esto habría que practicar, sin descuidar aquello. ¡Ay de vosotros, fariseos, que os encantan los asientos de honor en las sinagogas y las reverencias por la calle! ¡Ay de vosotros, que sois como tumbas sin señal, que la gente pisa sin saberlo!”.

Un maestro de la Ley intervino y le dijo: “Maestro, diciendo eso nos ofendes también a nosotros”.

Jesús replicó: “¡Ay de vosotros también, maestros de la Ley, que abrumáis a la gente con cargas insoportables, mientras vosotros no las tocáis ni con un dedo!”.

Reflexión

El texto de Lucas nos sitúa en el camino desde Galilea a Jerusalén. Es un camino marcado por el fin que tendrá. Jesús hace una denuncia muy fuerte a los fariseos y los maestros de la Ley. “¡Ay de vosotros, fariseos...!” ...Y ante la réplica de un maestro de la ley, le dice: “¡Ay también de vosotros...!”. Cuando mi madre se enfadaba con alguno en casa, los demás procurábamos no cruzarnos con ella, porque mientras duraba el enfado, había regaño para quien se encontrase. Así parece estar Jesús en este texto. Seguro que si cualquiera le preguntamos por qué habla tan duramente, nos diría:”¡Ay de ti también..!”.

Quizás en algún momento comprendamos que el camino de la búsqueda de perfección y la prepotencia de quien se cree mejor y por encima de los demás no nos sirve. Quizás nos ayuda más acercarnos a la clave del poder salvador de Jesucristo. Un cuento relata el diálogo entre un rabino y el profeta Elías:

- ¿Dónde está (el Mesías)?

-Sentado a las puertas de la ciudad.

- ¿Y cómo lo reconoceré?

-Está sentado entre los pobres cubierto de llagas. Los otros destapan sus llagas al mismo tiempo y después las tapan de nuevo. Pero él las destapa una a una y las vuelve a tapar diciéndose: ”Puede que me necesiten: por si acaso, debo estar siempre listo para no perder un segundo”.

Practicar el amor de Dios no nos lleva a puestos de honor, ni a santidades aparentes y huecas, ni a ser deshonestos, ni a dominar o humillar desde cualquier tipo de poder o decisión sobre otros que tengamos. Practicar el amor de Dios pasa por hacer bien, ahí en “las afueras”, heridos y pobres entre los heridos y pobres, curando nuestras miserias y tratando de ocuparnos también de quien nos necesite.

El camino hacia Jerusalén lleva a Jesús a su entrega total. No nos desviemos del nuestro. Tenemos la certeza de que nunca nos va a dejar de su mano, a ninguno.

“Dios no tiene favoritismos”... ¡Gran frase! ¿Y yo? Uff... ¡Yo sí tengo! Pero no sé por qué intuyó que aún siendo una gran verdad, Jesús lo profundiza tanto que lo revoluciona: Jesús sí tenía preferidos. ¿Qué es si no, un amigo? Un favorito, un preferido...

Por eso vuelvo a leer la Palabra de hoy e intuyo que el problema no está en tener favoritos sino en cómo actuamos con el resto: “pasáis por alto el derecho y el amor de Dios”.

Podemos sentirnos ofendidos, como el jurista del evangelio de hoy, como si nos pareciera que los toques de atención de Dios sólo son para otros... ¡Qué curioso!.. No matamos, no robamos, las faltas que cometemos nos parecen menores... l


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