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Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 18,1-8

- 22:19 El Evangelio

Los cristianos de la tercera generación se preguntaban cuándo llegaría la parusía, es decir, la plenitud del Reino que había instaurado Jesús. Ansiosos porque el “fin” se retrasaba algunos comienzan a desanimarse y a claudicar en el seguimiento de Jesús. Por eso, Lucas, en el camino a Jerusalén, pone en labios de Jesús estas palabras para animar a los creyentes de su comunidad a perseverar en la oración y sobre todo en el cumplimiento de la “palabra del Maestro”. Lo que el evangelista pretende inculcar a los creyentes es la necesidad de orar para mantenerse fiel, no procura describir la conducta de Dios comparándolo con este juez desaprensivo. El Padre Dios no necesita que sus hijos le pidan “insistentemente” lo necesario para ser felices, tampoco se mantiene indiferente frente a las necesidades de las personas, ni derrama bendiciones sobre su pueblo “cansado” por la insistencia de sus hijos. Dios es un Padre bueno, incomparable con este juez desaprensivo e injusto. La parábola no muestra una imagen de Dios, pretende alentar a los creyentes que ansiosos por la tardanza de la parusía comienzan a desalentarse. Por eso, señala la necesidad de orar con insistencia, sobre todo pedir, como nos enseñó Jesús: “que venga tu reino”.

Dios escucha siempre las súplicas de sus hijos y “hace justicia sin tardar”, porque su bondad supera nuestras necesidades y méritos: Dios es Padre de misericordia.

El relato termina con una pregunta retórica: “cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esa fe en la tierra?. Lo que quiere decir es que el Hijo del hombre no va a encontrar “esa fe”, a no ser que los discípulos hayan comprendido la indispensable necesidad de orar siempre, sin desanimarse jamás. La oración del creyente mantiene viva la fe y ésta inspira la actitud de oración perseverante.

Para Lucas la oración es una actitud característica de la vida cristiana que mantiene viva la fe y le permite al creyente mantenerse fiel en el seguimiento de Jesús sobre todo en tiempos de persecución.

Conclusión

La revelación de Dios como Padre de Misericordia es el fundamento y el motivo de la insistente oración del creyente. Los cristianos oramos porque a través de la oración hacemos experiencia de comunión con Dios, que es amor. Es justamente su bondad una invitación permanente para vivir la comunión con él, por eso la oración, lejos de experimentarla como una carga, es el fruto del trato íntimo con Dios que siempre está atento y solícito a las necesidades de sus hijos. De esta manera, la oración, experiencia del amor del Padre, será un signo distintivo de los cristianos que esperan con fe y compromiso solidario la venida en plenitud del Reino de Dios.


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