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Lectura del santo evangelio según san Lucas (12,13-21)

- 00:44 El Evangelio

En aquel tiempo, dijo uno del público a Jesús: “Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia”.

Él le contestó: “Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros?”

Y dijo a la gente: “Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes”.

Y les propuso una parábola: “Un hombre rico tuvo una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos: ‘¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha.’ Y se dijo: ‘Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el grano y el resto de mi cosecha. Y entonces me diré a mí mismo: Hombre, tienes bienes acumulados para muchos años; túmbate, come, bebe y date buena vida.’ Pero Dios le dijo: ‘Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?’ Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios”.

Reflexión

La gente consultaba a veces a los rabinos sobre litigios domésticos. Jesús se niega a inmiscuirse en ese tipo de asuntos, que con tanta frecuencia enfrentan a las personas más cercanas en nombre de intereses materiales. Él ha venido para dirigir la atención de la gente hacia otros horizontes, y para acercar a los que están distantes. Su tarea primordial consiste en anunciar el reino de Dios, es decir, en invitar a vivir dejando que el designio amoroso de Dios gobierne nuestras relaciones.

Él sabía bien cuánto influye en nosotros el afán por poseer bienes materiales y nos advierte de que la vida no depende de la abundancia de ellos; desearlos ávidamente es una forma de idolatría que no hace feliz. Amasar riquezas nos empobrece ante Dios, porque nos aparta de él, que es nuestro verdadero tesoro.

Hablábamos más arriba de “fiarnos de Dios”. Eso lleva también consigo ser capaces de renunciar a todo lo que no es Dios, o por lo menos a ponerlo en segundo plano. ¿Y cómo se nos manifiesta Dios, para que podamos anteponerlo a todo lo demás? Se nos da a conocer en Jesús, que a su vez se nos hace presente en el prójimo: “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40).

En la parábola con la que Jesús ilustra esta enseñanza hay una advertencia de enorme realismo: si la muerte nos sorprende hoy mismo (y nadie está libre de esa eventualidad), ¿de qué nos servirá todo lo acumulado en nuestros graneros? Aunque no fuera más que por esto pero ¿quién lo piensa seriamente?-, merecería la pena centrarse en lo esencial de la vida: en la honradez a toda prueba, en la piedad sincera, en la solidaridad generosa, en el amor fraterno.

En síntesis: ¿Te fías de Dios?, y ¿en qué tesoro has puesto tu corazón?

Pablo, al hablar en su carta a los Romanos del valor de la fe, se remonta a Abrahán, a quien considera el “padre de los creyentes”. Abrahán se fió de Dios sin reservas, acogió la Palabra de Dios con una confianza ilimitada, creyendo ciegamente en sus promesas.

¿Cómo es posible fiarse de Dios “porque sí”, de pronto, sin antecedentes que garanticen su fiabilidad? Más aún: ¿cómo puede Abrahán seguir creyendo en sus promesas (tener una descendencia innumerable) cuando parece pedirle algo que las contradice frontalmente (sacrificar al único hijo que tiene)? Y, sin embargo, Abrahán creyó “contra toda esperanza”, “

Y Dios no lo defraudó. Por eso Pablo nos lo propone como modelo para nuestra fe.


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