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El proceso del duelo: poder aceptar la ausencia de un ser querido

- 01:24 Para vivir mejor

Por el Lic. Mariano Vega Botter. Neuropsicólogo.

La muerte de un ser querido es un suceso por el que todos atravesamos en algún momento de la vida, al que se asocian afectos difíciles y que puede marcar un antes y un después. Un capítulo nuevo. Un punto y aparte. Las pérdidas de nuestros padres, abuelos o hermanos mayores forman parte de un orden natural dominado por el tiempo.

Por tanto, es algo que debemos asumir y estar preparados a experimentar. Otras veces, no obstante, hay pérdidas imprevistas, inconmensurablemente dolorosas (como la de un hijo). Es esencial considerar que una actitud pasiva ante estas circunstancias no suele conducir a ninguna parte, pues hay una serie de tareas a las que debemos enfrentarnos con el objetivo de seguir viviendo y conservando el recuerdo amoroso de quien se fue. En esta nota abordaré el tratamiento del duelo según William Worden, prestigioso doctor en Psicología cuya aportación a este campo le ha encumbrado como una referencia ineludible para el entendimiento del proceso al que hago mención; trascender la muerte (y la vida) manteniendo la capacidad de ser felices.

Muchas de las descripciones tradicionales del duelo han entendido a quien lo atraviesa como un ente pasivo, sujeto a fuerzas externas que trazarán un sendero por el que simplemente deambulará sin una brújula ni un propósito. 

Tal forma de percibir esta etapa de la vida suma aún más dolor, pues añade un componente de descontrol a un paisaje a veces árido y yermo. Lo cierto es que se trata de un proceso vital que reviste una enorme individualidad, siendo difícil distinguir una sucesión lineal de etapas universales que todo superviviente atravesará necesariamente. Así, resulta imposible fijar un criterio temporal a partir del cual el dolor pasa a ser de relevancia clínica.

Es una experiencia compleja, irreductible a términos objetivos que sean aplicables a todos. El tratamiento del duelo se pretende, por todo ello, ser sensible y consciente de esta realidad.

Se propone un modelo de cuatro fases en las que se da cabida a una extensa individualidad, y en las cuales la persona deberá llevar a cabo una serie de funciones dirigidas a avanzar en su camino por integrar a nivel emocional el recuerdo del ser querido ausente.

Desde esta perspectiva quien sobrevive a una pérdida adopta un rol activo y proactivo, en oposición a la visión clásica. Las tareas a satisfacer serían, concretamente; aceptar la pérdida, amparar la emoción que se experimenta, restablecer el equilibrio mediante la asignación de roles e integrar el recuerdo del ser querido en la propia vida. 


Aceptar la realidad

de la pérdida

Una de las primeras reacciones emocionales que surgen tras conocer la pérdida de un ser querido es el shock. Se trata de una respuesta en la que emergen emociones muy intensas, que incluso comprometen la atención y/o la memoria para el episodio (por lo que puede no recordarse posteriormente el momento preciso en el que se tuvo certeza del hecho).

Aunque este estado llega a dificultar el procesamiento emocional al inicio, permite asimilar de forma progresiva la situación a medida que discurre el tiempo. En el momento en el que la persona empieza a orientarse, lo común es que se mantenga en una posición de negación o incredulidad.

Esta puede prolongarse durante varios días; en los que piensa, siente y actúa como si el familiar estuviera presente. Todo ello es más probable en los casos en los que la muerte sucede de forma totalmente inesperada, pues cuando se ha atravesado por una enfermedad duradera se tiende a observar un duelo anticipado (para el que ya se ha recorrido al menos una parte del camino en el momento del óbito).

La integración de la pérdida deberá llevarse a cabo en dos niveles, y de una manera siempre progresiva; racional (asumir conciencia de los hechos tal y como sucedieron, otorgando unas coordenadas más precisas a la situación y sus consecuencias) y emocional (contactar con los afectos que se suceden como resultado de lo acontecido).

 En esta etapa puede darse un reconocimiento limitado a lo intelectual, sin los afectos acompañantes (sensación de que la persona “seguiría ahí” si se fuera de visita a su domicilio). Esta situación suele sorprender al superviviente, que no entiende por qué “no se siente tan mal como esperaba”.

La práctica de rituales funerarios, que existen desde el albor de la humanidad y dependen de la realidad cultural (o de las creencias del fallecido a nivel espiritual), tienen una función básica en todo este proceso; permiten tomar constancia de lo ocurrido y facilitan la reunión de quienes padecen un dolor compartido. Este es uno de los puntos en los que se observan con mayor frecuencia los primeros gestos de auténtico pesar (condolencias, llantos, etc.). Y es que es el instante en el que se lleva a cabo una despedida tangible y formal.

En los días sucesivos a este acto, el proceso de duelo puede adoptar formas muy diversas. En algunos casos la persona tiene necesidad de albergar en su fuero interno el dolor que la acompaña (por lo que su aspecto es taciturno y distante), mientras que en otros es evidente el deseo de compartir sentimientos sobre el ser querido perdido. La forma de comunicar es única para cada cual, privada e íntima. Es, asimismo, la primera estación en el trayecto hacia la superación del duelo.


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