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Elaboración del dolor del duelo

- 01:26 Para vivir mejor

Por el Lic. Mariano Vega Botter. Neuropsicólogo.

La elaboración del dolor por la pérdida de un ser querido no es un proceso raudo ni sencillo. Pese a haber transcurrido muchas semanas o meses, es muy posible que los pensamientos respecto al mismo generen un dolor intenso y tremendamente difícil de sobrellevar, por lo que es común que muchas personas intenten distraerse con el fin de sortear su sufrimiento.

Así, pueden dedicar más tiempo a su trabajo u otras actividades, relegando lo que sucede en su interior a un segundo orden de importancia. No son infrecuentes los casos de familias que hacen todo lo posible por evitar aquello que les recuerde al fallecido (retirando fotografías o construyendo tabúes sobre él) o en las que ocurre lo contrario (como si el silencio sobre el asunto lo desterrara al cruel olvido).

Todo ello es natural en el contexto de los esfuerzos por armar un puzzle para el que faltan demasiadas piezas, y en el que cada uno de los dolientes tiene una forma única de abordarlo. Aun con todo, a veces pueden emerger conflictos por tal discrepancia, que deberemos resolver con acierto para evitar malestar adicional.

Lo cierto es que es un asunto emocional con el que tarde o temprano deberemos lidiar. Enfrentarnos a él supone reconocer y asumir que se pasará por estados internos dispares y confusos; como la rabia, la tristeza o el miedo. Todos son afectos legítimos que forman parte del bagaje con el que contamos para superar la adversidad, por lo que es clave detenerse a escucharlos desde una posición de aceptación y con la disposición necesaria para tolerar su presencia.

Esta parte del proceso es la que requiere la inversión de mayor esfuerzo emocional, pues durante su desarrollo surgen niveles de tristeza y ansiedad personalmente relevantes, e incluso algún problema orgánico (como dolor de cabeza, trastornos digestivos, etc.). También es muy común que curse con dificultad para dormir y cambios en el apetito (que oscilan desde la inapetencia hasta el hambre voraz). Por todo ello, es fundamental garantizar el autocuidado y velar por mantener la propia salud.

En este punto del proceso, es crucial buscar el apoyo de personas de confianza, y entender que a veces también ellas pueden sentirse frustradas al intentar aliviar (infructuosamente) el pesar de alguien a quien consideran importante. Debemos establecer vínculos que permitan comunicar y organizar la vida interior, lo que resulta posible cuando el interlocutor mantiene una escucha activa y paciente. Esta ayuda reduce el riesgo de sufrir problemas de salud mental asociados a tan delicado momento.

Por último, es necesario que la persona tenga conocimiento de dos situaciones que pueden agudizar su pesar; acudir a lugares en los que solía reunirse con la persona fallecida y que se cumplan fechas señaladas (cumpleaños, navidades, etc.). Cuando llega el aniversario de la muerte también puede manifestarse un recrudecimiento espontáneo del dolor. Se trata de circunstancias bien conocidas, para las que se ha de estar debidamente preparado.

Adaptarse a un nuevo mundo sin el ser querido

Todas las familias funcionan como un sistema, de manera que cada uno de sus engranajes cumple un cometido concreto pero imbricado en la actividad del grupo. Podría decirse que sus miembros tienen roles complementarios respecto de los de los demás, por lo que las dinámicas que les mantienen unidos están sujetas a un equilibrio u “homeostasis social”. Cuando falta una de las piezas, es necesario que se produzcan ajustes dirigidos a posibilitar la continuidad de la vida en común. Así, la muerte del ser querido no solo deja un vacío emocional, sino que se hace extensible a los actos y las costumbres del día a día. Las responsabilidades que se le atribuían quedan ahora desatendidas, y habrán de ser resueltas por otros elementos de la unidad familiar. Este proceso no es en absoluto sencillo, sobre todo cuando la persona fallecida se encargaba del sustento económico o actuaba como un faro que orientaba las tensiones relacionales hacia las plácidas orillas del consenso. Además, pese a que resulte fácil redistribuir las tareas entre las personas de la familia, a veces pueden surgir sentimientos de ansiedad o de pena mientras se llevan a cabo. Esto se debe a que la acción agudiza la sensación de ausencia del ser querido, y al mismo tiempo desplaza las contribuciones que hizo en vida a una nueva dimensión. Es por ello que surgen dificultades pese a que se disponga de las destrezas o de la oportunidad para desempeñar exitosamente todos los cometidos. Esta situación suele ser vivida como un reto adaptativo sustancial, aunque también ofrece satisfacciones y aprendizajes que contribuyen a mejorar el estado emocional en un momento de dificultad. A medida que se avanza hacia etapas sucesivas del duelo, la implicación en estas nuevas actividades dejará de percibirse como una suerte de sustitución, integrándose el papel del fallecido en todas las dinámicas familiares que brotan de la adversidad compartida.

Reubicar emocionalmente al ser querido fallecido

La muerte de alguien querido supone una ruptura en la línea de continuidad sobre la que escribimos el libro de nuestra existencia, lo que dificulta su integración en la narrativa que uno hace de su propia historia. Es por ello que entendemos como “superado” un proceso de duelo cuando la persona es capaz de atribuir un sentido armonioso a la vida de quien ya no está.

Pues lo cierto es que los vínculos entre seres humanos no se diluyen con la muerte, sino que siguen vigentes, transformándose y adquiriendo nuevos significados. La integración del ser querido en la propia vida implica la reorganización de todo lo que se compartió con él en el seno de nuestra individualidad; conciliando todos los recuerdos en el manso caudal de la historia personal.

El vacío angustiante de los primeros meses, vivenciado como una ruptura en el tejido de la propia existencia, adquiere forma reconocible y permite seguir adelante. Es por ello que en la última etapa la persona redirige su mirada “hacia afuera”, hacia una vida cuyo curso no cesa jamás. Y es que el olvido de lo perdido nunca llega. Pues cuando una vida toca otra vida, la cambia para siempre. Incluso a pesar de la muerte.


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